El origen de la frase y su contexto histórico

En una entrevista concedida a la revista Newsweek en 1979, el economista Milton Friedman, ganador del Premio Nobel en 1976, lanzó una de sus declaraciones más recordadas: “Los gobiernos nunca aprenden, sólo las personas aprenden”. La frase surgió mientras Friedman defendía la teoría del monetarismo y criticaba la intervención estatal excesiva en la economía. En aquel momento, Estados Unidos atravesaba una crisis de inflación y estancamiento que muchos atribuyeron a políticas fiscales y monetarias poco ortodoxas. Friedman, entonces profesor en la Universidad de Chicago, utilizó la cita para subrayar la diferencia entre la flexibilidad del individuo y la rigidez de las instituciones públicas.

Milton Friedman y su legado intelectual

Friedman fue una figura central del llamado “Chicago School”, una corriente que promovía la libre competencia, la mínima intervención estatal y la primacía del mercado como motor de la innovación. Sus obras, como Capitalismo y libertad y Una teoría de la función de consumo, sentaron las bases de políticas que, décadas después, seguirían marcando la agenda de gobiernos de todo el mundo. La frase citada no es un mero epigrama; resume una visión profunda sobre la naturaleza de la toma de decisiones colectivas y la dificultad de corregir errores cuando el poder está concentrado en estructuras burocráticas.

¿Por qué los gobiernos fallan al aprender?

La afirmación de Friedman se sustenta en tres pilares fundamentales: la burocracia, la falta de incentivos y la presión de intereses creados. En primer lugar, la burocracia tiende a institucionalizar procesos que, una vez establecidos, se vuelven resistentes al cambio. Los funcionarios suelen estar motivados por la seguridad del empleo y la preservación de sus carreras, no por la búsqueda de la eficiencia. En segundo lugar, los incentivos en el sector público difieren drásticamente de los del sector privado; mientras que los empresarios pueden ver ganancias o pérdidas directamente, los políticos y burócratas rara vez experimentan consecuencias inmediatas por decisiones equivocadas. Por último, los grupos de presión y lobbies influyen en la agenda gubernamental, creando una inercia que favorece la repetición de políticas que benefician a intereses particulares, aunque resulten ineficaces para la población en general.

Mecanismos institucionales que perpetúan la inercia

Los ciclos electorales son un claro ejemplo de cómo la política a corto plazo obstaculiza el aprendizaje a largo plazo. Los mandatarios, al buscar la reelección, prefieren medidas visibles y populares, aunque sean costosas o poco sostenibles. Además, la legislación suele requerir mayorías amplias para su modificación, lo que dificulta la adopción de reformas audaces. Los presupuestos anuales, por su propia naturaleza, bloquean la reasignación de recursos una vez aprobados, creando “cajas negras” donde el dinero se gasta sin una revisión continua de resultados.

Lecciones del mercado libre

En contraste, los agentes económicos individuales pueden ajustar sus estrategias casi al instante: un consumidor cambia de marca, una empresa lanza un nuevo producto, un emprendedor pivota su modelo de negocio. Esta agilidad se basa en la retroalimentación inmediata del mercado: precios, ventas y reseñas actúan como señales que indican qué funciona y qué no. Friedman argumentaba que, si los gobiernos pudieran imitar este mecanismo de retroalimentación, tendrían la capacidad de “aprender” de sus errores. Sin embargo, la ausencia de precios claros y de competencia directa en la esfera pública dificulta esa auto‑corrección.

Impacto de la reflexión en la política contemporánea

Décadas después de la entrevista, la frase de Friedman sigue resonando en debates sobre reforma fiscal, regulación tecnológica y gestión de crisis sanitarias. Los analistas citan su advertencia para criticar la lentitud con la que los gobiernos adoptaron medidas contra la pandemia de COVID‑19, señalando que la falta de aprendizaje rápido generó costos humanos y económicos inmensos. Asimismo, la discusión sobre la reforma del sistema de pensiones en varios países latinoamericanos se alimenta de la idea de que los gobiernos, al no aprender de experiencias ajenas, repiten esquemas que terminan en déficits estructurales.

Ejemplos recientes de estancamiento institucional

  • Política fiscal en América Latina: Muchos países siguen aplicando subsidios energéticos que, según estudios, no logran reducir la pobreza y al mismo tiempo agravan el déficit fiscal.
  • Regulación de plataformas digitales: A pesar de los escándalos de privacidad, la legislación suele quedar rezagada, permitiendo que prácticas invasivas persistan.
  • Gestión de desastres naturales: La falta de planes de contingencia actualizados en varias naciones ha provocado respuestas ineficaces ante huracanes y terremotos.

Propuestas de reforma inspiradas en la visión de Friedman

Algunos economistas sugieren introducir “pruebas piloto” en políticas públicas, similar a los experimentos A/B en el sector privado, para evaluar resultados antes de escalar. Otros defienden la descentralización de competencias, permitiendo que estados o municipios adopten soluciones locales y aprendan de sus propias experiencias. Finalmente, la creación de indicadores de desempeño vinculados a incentivos salariales para funcionarios podría alinear intereses personales con la eficiencia institucional.

Qué podemos hacer como individuos

Si bien la frase de Friedman parece resignada, también invita a la acción personal. Cada ciudadano puede convertirse en agente de cambio al exigir mayor transparencia, participar en consultas públicas y apoyar a representantes comprometidos con la rendición de cuentas. Además, la educación financiera y cívica permite comprender mejor los límites del Estado y la importancia de la iniciativa privada. En la práctica, elegir productos y servicios de empresas que demuestren responsabilidad social puede crear presión indirecta sobre los gobiernos para que adopten normas más efectivas.

En última instancia, la reflexión de Milton Friedman nos recuerda que el progreso depende más de la capacidad de los individuos para adaptarse y aprender que de la voluntad de las instituciones estatales para hacerlo. La historia muestra que cuando la sociedad impulsa cambios desde la base, los gobiernos, aunque lentos, terminan incorporando esas lecciones, aunque sea de forma tardía.