En pleno corazón de Madrid, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía abre sus puertas a una propuesta que invita a mirar más allá de lo evidente. Desde el 26 de junio hasta el 9 de octubre de 2026, la sala D del Edificio Nouvel, Biblioteca y Centro de Documentación acoge la exposición Leche, nieve, lágrima, mano. El saber hacer de Blanca Sánchez. El título, aparentemente poético, reúne cuatro elementos que aparecen una y otra vez en el trabajo de la artista: la pureza de la leche, la fragilidad de la nieve, la intensidad de una lágrima y la presencia tangible de la mano que crea.

Una mirada al contexto de la muestra

Blanca Sánchez Berciano (Madrid, 1948-2007) no fue solo una creadora visual; su trayectoria abarcó la comisaría, la gestión cultural y el coleccionismo. Esta faceta múltiple se hace palpable en la exposición, donde cada pieza parece dialogar con las demás, construyendo un tejido de referencias que va desde lo íntimo hasta lo colectivo. Los comisarios han elegido presentar no solo obras terminadas, sino también bocetos, materiales de proceso y documentos de archivo que revelan el saber hacer de una artista que entendía el arte como una práctica continua de ensamblaje.

Leche, nieve, lágrima, mano: los cuatro pilares

  • Leche: simboliza el alimento primario, la primera relación de cuidado y, en varias obras, aparece como líquido que baña superficies o se mezcla con pigmentos.
  • Nieve: evoca la fugacidad y la transformación; su presencia se manifiesta en collages donde trozos de papel blanco se superponen creando texturas que recuerdan paisajes invernales.
  • Lágrima: representa la carga emocional, el gesto íntimo que Sánchez capturaba en autorretratos y en detalles de rostros esbozados con tinta.
  • Mano: el instrumento de la acción, frecuentemente mostrada en primer plano, sosteniendo pinceles, tijeras o simplemente señalando hacia el espectador.

La obra que abre el diálogo

Al entrar al espacio D, el visitante se encuentra frente a una pieza que se ha convertido en el punto de referencia de la muestra: Blanca Sánchez reflejada en un espejo pintándose los ojos, realizada circa 1975. En este autorretrato, la artista se observa a sí misma mientras aplica maquillaje, un acto de transformación que se vuelve metáfora de la construcción de la identidad. El espejo duplica la imagen, sugiriendo una doblez entre lo que se muestra y lo que se esconde, mientras la mano que sostiene el pincel se vuelve protagonista absoluta.

Esta obra resume varios de los intereses de Sánchez: la exploración del autorretrato como campo de experimentación, el uso de materiales cotidianos (el maquillaje, el vidrio del espejo) y la atención al gesto manual como proceso creativo. Además, la presencia de un reflejo permite que el espectador se cuestione sobre su propia posición frente a la obra, convirtiendo la mirada en un acto participativo.

El collage como metodología de pensamiento

Una de las constantes en la producción de Blanca Sánchez es el collage, no como mero recurso técnico sino como forma de pensar. En la exposición se pueden observar series donde recortes de revistas, fragmentos de tela, trozos de papel de seda y pequeñas fotografías se entrelazan para crear nuevas narrativas visuales. El proceso implica:

  • Selección de materiales heterogéneos que aportan distintas texturas y significados.
  • Corte y yuxtaposición intencional, donde cada unión genera un nuevo significado.
  • Revisión constante: el collage nunca se considera terminado, sino un campo abierto a intervenciones posteriores.
  • Incorporación de elementos tridimensionales, como hilos o pequeños objetos, que rompen la planicidad y añaden profundidad.

Este enfoque permite a Sánchez construir lo que ella misma describía como una "realidad basada en articulaciones de fragmentos". Cada pieza resultante es, a su vez, un mapa de asociaciones que invita al espectador a recorrer sus propias conexiones.

Diálogo con Susan Sontag y la cultura del exceso

En los textos de la sala se cita a Susan Sontag, cuya frase "gusto por el exceso, ironía sin cinismo" resuena con la actitud de Sánchez. La artista nunca renunció a la ornamentación ni al detalle, pero lo hizo con una mirada crítica que evitaba el cinismo vacío. En sus collages, el exceso de materiales se equilibra con una ironía sutil: a veces se añaden elementos que parecen fuera de lugar, generando una tensión que invita a la reflexión plutôt que a la pura decoración.

Esta postura la posiciona en un punto intermedio entre la celebración de lo visual y la interrogación sobre su significado, una tensión que mantiene viva la obra décadas después de su creación.

Legado y vigencia

Aunque Blanca Sánchez falleció en 2007, su influencia se percibe en nuevas generaciones de artistas que trabajan con el collage, el autorretrato y la práctica de archivo. La exposición no solo repasa su producción, sino que también incluye una pequeña sección de obras contemporáneas que dialogan directamente con sus estrategias, demostrando que su "saber hacer" sigue siendo una fuente de inspiración.

Al concluir el recorrido, el visitante se lleva la sensación de haber observado no solo una colección de objetos, sino un proceso de pensamiento en acción: un recordatorio de que el arte puede ser, al mismo tiempo, leche que nutre, nieve que se derrite, lágrima que comunica y mano que nunca deja de crear.